A finales de 2023 el diario El País publicaba un artículo titulado: Las emisiones de efecto invernadero caen a mínimos históricos En España (link aquí). A las pocas líneas se indicaba que las emisiones de CO2 en 2023 habían alcanzado su nivel más bajo desde 1990. Salvo que consideremos que la historia de España empieza en 1990, es fácil anticipar la imprecisión del titular.
En descargo del autor, la imprecisión puede deberse no solo a la búsqueda de un titular sensacionalista. La contabilidad ambiental, incluyendo la de las emisiones, tiene una corta vida y, en consecuencia, muchas series solo están disponibles para períodos muy recientes. El Inventario Nacional de Emisiones de España, que nutre al IPCC, inicia su serie “histórica” en 1990. Las emisiones de gases de efecto invernadero fueron en 2023 las más bajas de la serie histórica. No de la historia de España.
¿Cómo han evolucionado las emisiones de gases de efecto invernadero en la historia reciente de España? ¿Cuáles han sido las principales fuentes de emisión y cómo han cambiado a lo largo del tiempo? ¿Cómo han evolucionado nuestras emisiones en comparación al resto de países del mundo? ¿Somo más o menos contaminantes? En esta entrada ofrecemos respuestas a estas preguntas a partir de nuestra estimación de histórica de la serie de emisiones para España recogidas en esta web (más datos aquí). Adicionalmente, hemos publicado un artículo científico más detallado en el que se analiza la evolución histórica de las emisiones en España (aquí).
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Entre 1860 y 2017, las emisiones totales en España casi se multiplicaron por diez, pasando de 31 millones de toneladas de CO2e a 272 millones (con un máximo de 376 millones en 2005, justo antes de la Gran Recesión) (ver Figura 1A). Nótese que contabilizamos todas las emisiones, incluyendo el CH4 y N2O, que son convertidas a CO2 equivalente (CO2e).
El aumento de las emisiones no ha sido lineal en los últimos 160 años analizados. Durante casi un siglo, entre mediados del XIX y mediados del XX, los niveles de emisión permanecieron relativamente estables. La gran aceleración tuvo lugar desde mediados del siglo XX, coincidiendo con el despegue económico del país tras el estancamiento del Primer franquismo. Entre 1950 y 2005 las emisiones crecieron a un ritmo medio del 3,5% anual, frente al 1,4% del conjunto del período. Las emisiones por habitante, que hasta 1950 habían permanecido en torno a las 2 toneladas de CO2e, alcanzaron el pico histórico en 2005 con 8,5 toneladas de CO2e.
En esta historia de crecimiento ha habido períodos de contracción. Los más relevantes tuvieron lugar durante la Guerra Civil, la crisis económica a principios de la década de 1980 y, sobre todo, tras la Gran Recesión de 2008 (acentuada posteriormente con la COVID-19). La reciente caída, que ya dura dos décadas, se explica por diferentes diferentes factores como las mejoras de eficiencia (sobre todo por el aumento de las renovables), la externalización de las emisiones a terceros países y los períodos de contracción económica (abordaremos este asunto en otra entrada).
Habitualmente, asociamos los orígenes del cambio climático al uso de combustibles fósiles durante la Revolución industrial. No obstante, hoy sabemos que, más allá de los combustibles fósiles, otras fuentes de emisión, principalmente asociadas a actividades agrarias, han tenido un papel predominante en el cambio climático. Nuestra estimación de las emisiones históricas en España nos permite identificar las principales fuentes de emisión y cómo han cambiado a lo largo de la historia.

Figura 1. Emisiones totales de gases de efecto invernadero por tipo en valores absolutos (a), porcentaje anual (b) y porcentaje anual acumulado (c).
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En 1860, en los albores de la Revolución Industrial, el 92% de las emisiones procedía de actividades agrarias y cambios en los usos del suelo. Estas emisiones se explican principalmente por las emisiones de CH4 del ganado, que jugaba un papel clave no solo en el suministro alimentario sino también en la tracción y el transporte; y por las emisiones de CO2 generadas en procesos de deforestación. El sostenido avance de la superficie agrícola a lo largo del siglo XIX tuvo lugar en buena medida sobre superficies forestales (deforestando) y requirió un creciente número de cabezas animales (aunque las cabezas de renta, para producción de alimentos, pudieron caer).
A mediados del siglo XIX las emisiones de carbón apenas representaban 2 millones de toneladas de CO2, sobre un total de 31 millones. A partir de ese momento se produjo una transición progresiva hacia las emisiones fósiles, dominada primero por el carbón, después por el petróleo (principal fuente de emisión desde 1966) y más recientemente por el gas natural (ver Figura 1B). Actualmente, las emisiones “agrarias” apenas representan el 14% del total y algunas de esas actividades, hoy en día, son incluso un foco de secuestro de carbono, generando (lo que contablemente se considera como) emisiones negativas. El aumento de la superficie forestal y de la densidad de los bosques ha provocado un fuete aumento de la biomasa de los bosques y, en consecuencia, de su stock de carbono (más información aquí).
La Revolución Industrial propició el aumento de las emisiones y el cambio climático. Sin embargo, no puede explicarse (ni en España ni a nivel global) por el uso de carbón en las fábricas, sino también por las crecientes demandas de productos vegetales, para alimentar a una población creciente y para alimentar las demandas de materias primas de las nuevas industrias.
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La historia de las emisiones de España tiene similitudes y diferencias con la evolución de las emisiones a nivel global. En ambos casos se observa un gran crecimiento en los dos últimos siglos, una aceleración mayor desde mediados del XX y una transición de emisiones agrarias a combustibles fósiles. En España, el nivel de emisiones y el crecimiento de las mismas fue más lento que en el resto del mundo hasta mediados del XX. Después, las oscilaciones, aun siguiendo las tendencias globales, han sido más abruptas, tanto en la fase de crecimiento como en la fase de caída. Cuando han subido, lo han hecho más rápido que en resto del mundo; cuando han caído, también lo han hecho más rápido.
En España, aunque las emisiones “agrarias” han sido relevantes, han tenido un peso menor que en el resto de países del mundo. Esta diferencia se debe esencialmente a factores históricos y geográficos. Al inicio de la Revolución Industrial en España (así como en otros países), la frontera agrícola había avanzado significativamente y, por lo tanto, se había deforestado buena parte del país. Por otro lado, los bosques españoles son mucho menos densos que los de otras partes del mundo. En promedio, poner una hectárea en cultivo en España es mucho menos impactante que hacerlo en un país tropical.
Este hecho nos ayuda a explicar el gap de las emisiones por habitante entre España y el resto del mundo. Salvo un breve período en el siglo XXI, las emisiones españolas por habitante han sido más bajas que las emisiones globales (Figura 2B). Sin embargo, si analizamos únicamente las emisiones de combustibles fósiles, observamos que estuvieron ligeramente por debajo hasta mediados del siglo XX, y que se situaron ampliamente por encima hasta antes de la Gran Recisión, momento a partir del cual han caído hasta casi converger con el promedio global.
En términos de responsabilidades históricas del cambio climático (cuantificando las emisiones acumuladas por habitante) las emisiones de España son claramente inferiores si se contabilizan todas y ligeramente inferiores si contabilizan solo el CO2 de los combustibles fósiles. Los habitantes de España (todos los que han vivido desde 1860), han emitido un promedio de casi 4 toneladas por de CO2e al año, frente a las 6 toneladas por habitante emitidas globalmente. Hemos generado menos impacto que el promedio global aun siendo un país más rico que el promedio global.
Esta conclusión, no obstante, es matizable, ya que no considera la transferencia de emisiones en el comercio (algo sobre lo que ofreceremos resultados pronto) y no se ajustan las responsabilidades a las condiciones geográficas de cada país (España emite menos que otros países al realizar la misma actividad simplemente por los condiciones geográficas).

Figura 2. Emisiones por habitante anuales y acumuladas anuales, en España y el mundo. Se distinguen las emisiones de C2 de combustibles fósiles de las emisiones de gases de efecto invernadero totales.
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Los niveles de emisiones en España no soy no los más bajos de la historia, aunque ciertamente han tenido lugar dos décadas de caída significativa. Los niveles históricos de emisiones, como en el resto del mundo, se aceleraron en la década de 1950 y, hasta la Gran Recesión, alcanzaron niveles superiores al promedio global. Aún así, la responsabilidad de los habitantes de España (entre los que hay altas desigualdades) ha sido similar a la del resto del mundo si solo consideramos los combustibles fósiles y menor si se consideran todas las emisiones. Aún así, los niveles de emisiones en España (y en el resto del mundo), siguen siendo altas. Entendiendo altas como por encima de niveles seguros o compatibles con los acuerdos climáticos vigentes. ¿Será posibles sostener la caída para alcanzar esos umbrales de seguridad? Es una pregunta que responderemos en otras entradas.